A principios de septiembre de 1956, millones de estadounidenses encendieron el televisor para ver a un joven cantante de Memphis actuando en The Ed Sullivan Show.

Elvis tenía 21 años y ya era una estrella, pero también una figura controvertida. Su actuación, meses atrás, en el programa de Milton Berle había escandalizado a parte de la opinión pública por sus movimientos de cadera, mientras que su aparición en el Show de Steve Allen dejó a Elvis con un sabor de boca agridulce, al hacerle aparecer vestido con esmoquin y pajarita, cantando «Hound Dog» a un basset hound con sombrero de copa.

Elvis se prometió a sí mismo que volvería a la tele, y el propio Ed Sullivan había dicho que nunca lo invitaría. Pero los índices de audiencia mandaban, y CBS pagó una cifra récord: 50.000 dólares por tres apariciones.
Y así, el 9 de septiembre de 1956, Elvis acudió a los estudios de la CBS en Hollywood para actuar en el show de Sullivan sin Sullivan, ya que el presentador había sufrido de un grave accidente de tráfico y fue sustituido por el actor británico Charles Laughton, que estaba Nueva York, de manera que estos dos talentos no llevaron a coincidir.

Y de este modo tan peculiar, aquella noche, unos sesenta millones de estadounidenses se sentaron frente al televisor para ver a Elvis actuar. Era una de las mayores audiencias de la historia de la televisión. Después de una presentación llena de humor por parte de Charles Laughton, las cámaras conectaron con Hollywood. Elvis apareció sonriente, vestido con una chaqueta de cuadros y acompañado por Scotty Moore, Bill Black y el batería D. J. Fontana. Interpretó «Don’t Be Cruel», estrenó ante millones de personas «Love Me Tender» y remató la actuación con «Ready Teddy» y una explosiva versión de «Hound Dog».
Entre aquellos millones de espectadores había un niño de siete años sentado frente al televisor en Freehold, Nueva Jersey. Observó fascinado a aquel muchacho de Memphis vestido con una chaqueta de cuadros y con una guitarra colgada al hombro. Elvis cantaba, sonreía y se movía con una energía que parecía imposible contener. Aquello no se parecía a nada que hubiera visto antes. Años después recordaría que aquella música le había golpeado como un rayo.

Impresionado por lo que había visto, convenció a su madre, Adele, para que le llevara a una tienda de música. La familia no podía permitirse comprar una guitarra, así que la alquilaron por seis dólares a la semana. El niño comenzó a aprender sus primeros acordes intentando reproducir la magia que había contemplado en la televisión.
Aquel niño se llamaba Bruce Springsteen.

Décadas después, en sus memorias Born to Run y en numerosas entrevistas, seguiría reconociendo la deuda que tenía con Elvis Presley. «Elvis liberó nuestros cuerpos», diría al ingresar en el Salón de la Fama del Rock and Roll.



