La reconstrucción oficial hablaba de un altercado en el Hacienda Motel de Los Ángeles, de una discusión con la encargada del establecimiento y de un disparo “en defensa propia”. Sin embargo, desde el primer momento surgieron dudas en torno a la muerte del cantante Sam Cooke.

La secuencia de hechos no encajaba del todo, los testimonios diferían entre sí y algunas piezas parecían incompletas. En el ambiente musical —y muy especialmente entre los artistas afroamericanos— se hablaba de una pérdida injusta, opaca, que merecía una mirada más profunda de la que recibió.
La noticia llegó a Elvis como un impacto. Quienes estaban a su lado en la noche del 11 de diciembre de 1964 recuerdan que permaneció en silencio, tratando de comprender cómo podía haberse apagado una voz tan luminosa. Lo que más lo desconcertó fueron los detalles: un suceso rápido, confuso, con versiones contradictorias y una investigación que avanzó demasiado deprisa para un caso tan delicado.

En ese contexto, dentro del círculo de Elvis se conserva el recuerdo de un encuentro anterior entre ambos en Las Vegas: una conversación breve, cálida, en la que intercambiaron palabras de admiración y hablaron del góspel que los había formado. Fue solo un momento, pero dejó en Elvis una impresión duradera: la sensación de haber conocido a un artista excepcional, íntegro y cercano.
Por eso, cuentan, durante los días siguientes, Elvis volvió varias veces a “A Change Is Gonna Come”, la canción en la que Cooke había volcado esperanza, dolor y un anhelo profundo de justicia. Escucharla era su forma de acompañar la ausencia, de sostener el recuerdo de aquel encuentro y de honrar a un músico al que admiraba sin reservas.
Los periódicos hablaron del Sam Cooke Shooting y cerraron el caso como ‘homicidio justificable’ en cuestión de horas. Para muchos —y también para Elvis— aquella explicación sonaba incompleta.
No fue la primera pérdida que sacudió a Elvis, pero sí una de las que más lo interpelaron: un final racializado, violento e injusto, que hablaba de un país quebrado y de heridas que la música no podía ocultar. Aquella muerte pareció exigirle algo, como si le recordara que su propia voz tenía un alcance que él aún no utilizaba. Elvis lo sintió, llevó ese peso en silencio, pero no dio un paso público entonces. Años después, cuando el asesinato de Martin Luther King convirtió esa injusticia en un clamor imposible de ignorar, Elvis entendió que ya no podía callar, y de esa sacudida moral nacería la intensidad de If I Can Dream.





